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Luis Seguel Vorpahl, Pucón 1955, ha publicado tres novelas. LA CASA DE MARIALBA Y OTROS RELATOS año 2000 EEUU, CÁLLATE VIEJO E' MIERDA, Chile 2008, Mago Editores, con apoyo de la Beca de Creación Literaria nacional, LOS MUERTOS TAMBIÉN LLORAN, Chile 2011, Mago Editores.
Excelente libro producto de la iniciativa de la escritora Pía Barros.
Con Mauricio Paredes, el escritor de narrativa infantil más vendido después de Marcela Paz, en medio de sus actividades en Arica, se dio un tiempo para posar y regalarme uno de sus libros.
“Los muertos también lloran” de Luis Seguel Vorpahl o “Trozos de humanidad concretados en personajes y personajas cotidianas”
Nuestro mundo a diario nos retrata llenos de insignificantes individualismos, con vidas perdidas o escondidas entre cuatro paredes, anonimatos voluntarios o nunca solicitados, rutinas y actuaciones nada originales, lejanas a ultranza de las vidas de tantos personajes y personajas que habitan los grandes o pequeños mundos narrados, graficados sobre todo en diversas novelas y cuentos. Nuestro deambular cotidiano muchas veces también nos impide salir de ese mundillo estructurado por nosotros mismos o por el consabido y manoseado “sistema”; incluso muchos de nosotros quisiéramos en más de algún momento de manera inconsciente mantener ese anonimato que implica seguir la corriente y abandonarnos a nuestra inercia y a la pasividad del rebaño.
Sin embargo, para nuestra inhabitual sorpresa, con el asombro y la maravilla que nunca tenemos en nuestras vidas rutinarias; Luis Seguel Vorpahl, se inmiscuye en ese mundo actual con su pluma, incluso en ese mundo local ariqueño, y hurga en ámbitos incluso más rutinarios que los nuestros: la vida aséptica, desinfectada e incluso esterilizada, con todo lo que esos adjetivos implican de castración y antinaturalidad, de los hospitales. De ese mundillo de blanca faz y de oscuro corazón, nos imaginamos después de una larga fila y espera interminable de siempre escasos números de atención, parafraseando al autor “en minutos de hospital, eternos minutos”, Seguel extrae quirúrgicamente personajas y personajes encantadores y, a la vez, “desencantados”, que para estos efectos es lo mismo que “encantados”, por oscuras artes de ese mundo de piezas frías y urgencias que no son tanto.
Estos personajes y personajas, deambulan, entran y salen, no salen en realidad, por una especie de purgatorio terrenal, todo blanco y diríamos higienizado como el infierno de las moscas de Marco Denevi en su cuento breve “El dios de las moscas”, quien desde ese pequeño relato nos ilustra aún más en el entendimiento de este mundo creado en base a caracterizaciones de personajes más que a la muestra de ambientes y descripciones:
“(…) Porque también había moscas malas y para éstas había un infierno. El infierno de las moscas condenadas era un sitio sin excrementos, sin desperdicios, sin basura, sin hedor, sin nada de nada un sitio limpio y reluciente y para colmo iluminado por una luz deslumbrante, es decir, un lugar abominable.” (Marco Denevi: “El dios de las moscas” Fragmento)
En este “lugar abominable” del mundillo hospitalario sobreviven, literalmente los pacientes y figurativamente los que no lo son, inmersos en rutinas que, no obstante, su negativo peso vital, representan la esencia de sus vidas, la seguridad de sus existencias anónimas y la única forma por ellos y ellas conocida de transcurrir en este mundo. Por lo tanto, el mundo narrado les es viable y les acompaña en lugar de agredirlos, les hace vivibles sus anodinas existencias en este transcurrir lento como atención de servicio público.
No obstante lo anterior, mejor aún, en paralelo a lo anterior o producto de lo anterior, ese mundo de carencias, inicialmente de carencias de salud física, presenta grandes personajes o personajas que gracias a caracterizaciones muy logradas por el autor, se hacen creíbles e incluso queribles. Éstos y éstas ocupan el mundo narrado con una omnipresencia casi total, incluso con detalles estilísticos como que muchos de los párrafos comienzan por el nombre propio de alguno de los personajes. Otro detalle estilístico es que los apellidos de muchos de los personajes y personajas pasan a segundo plano, importando solamente su nombre de pila.
En esta novela de personajes o entre estos personajes de novela, destaca sobre manera Ernestina que intencionadamente ya nos llega colosal desde su foto de portada, de espaldas a la cámara, anónima como debe ser cualquier “Tinita” que deambule por ahí; luego nos apabulla con su personalidad y nos ahoga con su “peso vital”; incluso su muerte nos llega grande y buena, igual como Seguel retrata a esta ingente mujer que, gracias a la maravilla de la literatura y del genio del creador, sigue omnipresente en espíritu más allá del fin de su vida terrenal, acompañando, vigilando, aprobando e incluso llorando cerca de sus afectos.
Y ahí tenemos a Ernestina, ya en ánima, omnipresente en los momentos “clímaxticos” de la novela; primero su cuerpo y su espíritu, ya separados, sirven como altar para una declaración y un juramento de amor entre Don César y Beatriz que han esperado mucho tiempo por este momento y que paradojalmente empiezan a vivir de verdad a partir de la muerte de su confidente. Luego siguiendo con su rol de guardiana de todo lo que ocurre en este “hospital de la vida”, se nos aparece en múltiples momentos que van marcando el destino final de cada uno de los pocos y suficientes personajes y pers… de la novela segueliana.
Respecto a los otros personajes y personajas principales que pueblan el mundo narrado, queremos parafrasear a Daniel Rojas Pachas y plantear que la única forma de conocerlos es leyendo esta singular novela, allí nos esperan un médico con una personalidad dicotómica, un indigente que se aferra a su bicicleta para negar su existencia de pobre, un administrador de hospital que espera y espera, una bella mujer madura que desespera por la citada espera, una campesina que crece y crece en todos los sentidos posibles, haciendo crecer a los que la rodean, un peluquero de barrio que desde su poblacional origen llega a maravillar con su posterior existencia y muchos otros y otras que giran alrededor del verdadero mundo que es Ernestina.
Finalmente queremos decir que “Los muertos también lloran” como novela de personajes, es un compendio de humanidad, una concreción de la humanidad posible en los mundos rutinarios contemporáneos, una muestra de las únicas posibilidades de salvación del individuo que en la mayoría de los casos se redime por el amor o algo muy cercano a ello. Por lo tanto, es una novela gratificante, sensible a las necesidades del lector, atenta a finales felices y por tanto aconsejable de leer y de disfrutar en su humanidad más plena.
Palabras en el lanzamiento de "Los muertos también lloran"
El otro día un amigo me decía, con cierta preocupación por mí, no es cosa de llegar y lanzar un libro, claro, dije o, primero hay que escribirlo y esto, que parece una tontera me dejó pensando y me llevó, por esto de los laberintos mentales, a noviembre del año pasado en que pasé quince días entre libros, miles, millones de libros, montañas de papel de mil colores, la Feria Internacional del Libro de Santiago, no crean, uno se asusta, se siente intimidado por tanta idea dando vueltas, de tanto escritor suelto y sin identificar que recorre los pasillos de la Estación Mapocho. Lanzar un libro es el equivalente a presentar a una quinceañera en sociedad, costumbre que se ha perdido al parecer, en cambio esto del libro se ha mantenido a pesar que hay voces que auguran su muerte. Se le engalana con su mejor vestimenta, se rodea de gente que la quiere y se le adula, sería imposible que en la presentación en sociedad de una jovencita, alguien le dijera, por ejemplo, que es fea, aunque lo fuera. Pasa algo similar aquí; nadie, supongo, va a decir que el escrito es un mal libro, aunque lo sea. Por lo que me siento a salvo de los disparos, aquí rodeado de mis amigos.
En esta novela no he querido escribir a Arica, esta vez la ciudad se ve desde lejos, y puedo decir que más bien tiene una lectura pendular, de lejanía y cercanía, se le va a escapar al lector pero volverá bruscamente para mostrarse con su dolores y amores también. He querido escribir a las personas y los sentimientos que les nacen como consecuencia de su realidad, y desde esta realidad, dar vida a los personajes, que sean ellos los que nos cuenten sus vidas, que le digan al lector de su historia, hay que dejarlos hablar. Y esto que pareciera un juego de ideas y frases, es una realidad intrincada cuando se está frente a la pantalla, porque uno quisiera decir cosas que ellos a veces quieren ocultar, o al revés, que también sucede, uno quisiera ocultar aquello que los afea, y entonces ellos lo quieren gritar, entonces termina uno enojado, apagando la computadora y refugiándose en algún buen libro, ¿qué más?
Los personajes son el reflejo de los rostros y los modos de quienes cruzan las calles de la ciudad. Ellos, los personajes, quieren ser eso, he dejado que lo sean, pero no sólo eso, lo hemos conversado, ellos y yo, lo hemos discutido durante horas, le hemos buscado el sentido a cada sentimiento y a cada vivencia y hemos llegado a un acuerdo porque, después de todo, los sentimientos son universales y lo que cambia es sólo el matiz, el color y a veces el modo de expresarlos, pero entendemos que es el mismo, quizás con la esperanza, una vez más, que si alguien avanza en la historia se vea reflejado con alguna frase, con alguna idea, con algún gesto de este grupo de locos que pueblan y dan vida a la historia. Leyendo y releyendo a Faulkner creo haber aprendido, más bien creo haber descubierto algo que me gusta y acomoda mucho a mi forma de escribir, que los problemas interiores tienen mucha más importancia que la anécdota misma y tal vez, que la locura y la lucidez, después de todo son lo mismo, o por lo menos son realidades hechas del mismo metal.
Estuve unos días pensando en lo que les diría hoy, no sé muy bien lo que se espera del autor en el lanzamiento de su libro. He estado en algunos en que el autor da una clase magistral sobre algún tema que a él le interesa mostrar, bueno me dije, creo que no es el momento para eso, además yo no estoy para dar clases magistrales.
Como expresara Roberto Bolaño, escribir, “al comienzo era por renegar, por renunciar, a veces era para suicidarse, para joder a la familia”… y aunque el renegar o renunciar no se pierden nunca, poco a poco uno le va encontrando un gustillo muy parecido al vicio, aunque a los escritores no les gusta decir eso, poco a poco se empieza a disfrutar, los temas pequeños, familiares o comunales se le transforman en los grandes temas, injusticias, mentiras y logros de la humanidad y termina haciéndolo uno por denunciar, a veces también por burlarse de los que hablan demasiado y que terminan mordiéndose la lengua y las tripas, uno lo hace para que la injusticia se haga más llevadera, y también se escribe con el sueño y la esperanza que al finalizar, al poner el punto final, después del pedregoso camino de las revisiones interminables, la mochila se sienta menos pesada en la espalda, aunque sabiendo…como dijo, con tanta claridad, Faulkner, “El artista sigue trabajando sin descanso y volviendo a recomenzar; y cada vez cree que logrará su fin que integrará su obra. No lo logrará, como es natural; y de ahí la razón de que ese estado de ánimo sea fecundo. Si alguna vez lo consiguiera, si su obra llegara a poder equipararse con la imagen que se hizo de ella, con su sueño, sólo le restaría precipitarse desde el pináculo de esa perfección definitiva, y suicidarse."
Creo que, eso sí, con toda certeza, que lo que atrae de este oficio es la libertad que se va descubriendo a medida que uno va adquiriendo más experiencia, esa libertad que permite crear mundos tan dispares y a veces extraños, como Comala, como Macondo, o como la Santa María del maestro Onetti. Mucho se ha hablado de esto de la libertad en la literatura, no estoy descubriendo nada, y me parece a mí, debe ser un tesoro que alguien que ama este oficio debe cuidar hasta con su vida, que nada ni nadie se interponga entre lo que piensa y lo que escribe, ni ideologías de ningún tipo, ni creencias que le pongan murallas a su pensamiento y con esto limiten su mano al momento de buscar la frase precisa. Es el único modo de ser un fiel testigo, de llegar a ser un buen reflejo de la realidad y del espíritu humano, es el único modo de crear realidades auténticas. La libertad que tuvieron siempre los grandes, los que ahora llamamos clásicos, los que leemos asombrados, justamente de esa libertad, de su lucidez, de su adelanto a los tiempos. Y por eso sus obras cruzan las décadas y los siglos, porque un día fueron capaces de liberarse del lastre que les jibarizaba la libertad para escribir. Y supieron, a pesar de las cadenas del cuerpo y de lo físico, volar sin límites.
Este es un libro escrito en clave de ironía, pero que también quiere ser una denuncia y una renuncia también por qué no, a lo bello, a lo pomposo y glamoroso de una novela, esta no tiene nada de eso, aunque se dice que eso de quitarlo lo bello a una novela es imposible. Espero que la disfruten, fue escrita con la pasión que se espera que el autor le ponga a sus obras.
No he querido complacer a nadie, creo que mi norte es sólo la verdad, esta verdad que es distinta en cada uno, y que sin embargo es de todos, y me debo a ella y al lenguaje.
Les dejo la novela, diciéndoles que los marginados que en ella aparecen son reales, tienen una vida, y que están en todas las ciudades, pero que son casi invisibles, son traslúcidos como un vidrio sucio, y cuando alguno se cruza en nuestro camino tenemos que mirar para otro lado porque mirar a un marginado es un compromiso demasiado grande. Estos no pretenden ser los marginados de alguna de las obras de Onetti , que en su marginalidad son grandiosos, gente, según el narrador; “tímidos y engreídos, obligados a juzgar siempre por envidia o miedo” gente, “desprovista de espontaneidad y alegría” estos son menos, o más, según se les mire.
Yo no sé si el destino está escrito y es ineludible, pero sí sé que muchas veces el que se atreve a meter la cabeza en un mundo que no es de él o para él, termina viviendo una agonía que se le hace eterna.
Gracias, muchas gracias a todos por acompañarme hoy, siempre es bueno estar rodeado de amigos cuando nace un nuevo integrante de la tribu.
Luis Seguel Vorpahl
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Primer párrafo de LOS MUERTOS TAMBIÉN LLORAN, novela
A los veintitrés años Ernestina se rindió a la evidencia espejuna que sería gorda, que debía optar por las dietas toda la vida o, más sencillo; ser definitivamente gorda y adquirir mentalidad de gorda y ropa de gorda y una cama ancha y calientita porque aunque es gorda es friolenta. También a esa edad tuvo conciencia, quien sabe de qué forma la tuvo, que le gustaba mirar más de la cuenta, que disfrutaba de los amores ajenos hasta sentir entre sus grosores una especie de gustito que no era del mundo y entonces la vida se le hacía más fácil y podía olvidar por algunos minutos, minutos cortos, no de hospital, los gritos de burla de los pelafustanes (le encanta esa palabra) de la construcción y otros, cuando camina desde su casa al trabajo, con cierta esperanza, aunque cada vez menor, que algunos centímetros y algunos gramos retrocedan ante el ejercicio y la transpiración de la caminata y por fin lograr, sin demasiado esfuerzo, atravesar las montañas para poder depilarse con la mano derecha bajo el brazo izquierdo y al revés.
Las Novelas se pueden adquirir en los locales de distribuidora Antártica, directamente en la editorial MAGO EDITORES o con el autor, correo y teléfono en esta misma página.
“Los muertos también lloran” de Luis Seguel Vorpahl es su tercer libro publicado dentro del género y la segunda novela que entrega al lector. Lejos de ser un relato extenso de personajes y conflictos es una historia de nostalgias, frustraciones y soledades. Todas las voces que fungen como actantes revelan de principio a fin estar cruzadas por aspiraciones abortadas, grandes expectativas y recuerdos que son el sumidero de la pobreza provinciana, y no me refiero sólo a lo material, geográfico o económico sino al producto evidente de una lejanía ante esos otros centros más abstractos y avasalladores que trazan el margen vencido y derrotado frente a lo que se entiende como verdad, lo “correcto” que grava las percepciones absolutas de belleza, éxito y desde luego felicidad.
Vidas cruzadas por una tristeza compartida que se hace más llevadera y esperanzada al ser la miseria de un colectivo, de una comunidad de pobres diablos que se aman, recuerdan y cuentan las historias agridulces a los que los sucederán en: “esta rueda tan estúpida, tan llena de rarezas”. Ernestina, una obesa portera que sirve de cerbero al hospital de un pueblo que juega a ser ciudad, César, el calvo y pasivo administrador de la misma institución médica recordando a diario su pasado glorioso como amante y su falta de coraje para asumir la vida que ansía, Alejandro, un indigente que no se considera tal por ser dueño de una bicicleta y el receptáculo andante de un tumor, Joaquín, un desdentado y melancólico peluquero y por supuesto las hermanas de la gorda protagonista, cuya grasa, material sobrante y adiposo, no se encuentra en sus cuerpos sino en la mezquindad de sus personalidades, la lista es mayor pero conocerla es tarea de los destinatarios de la obra… Algo interesante y que me gustaría señalar es cómo las vidas que el texto y su autor nos presentan, están marcadas por algún factor somático, problemas glandulares, hormonales y cutáneos que hacen juego con aquella desgarbada épica diaria que desnuda el absurdo de experiencias arrojadas al fracaso reiterado. Un diálogo tenso entre discurso y deseo frenado por la frontera de la carne, lo que recuerda el dolor de muelas del personaje de “Memorias del Subsuelo” de Dostoievski, malestar que expresa la nausea Sartreana ante el otro y el mundo, similar al dolor de Aniceto Hevia que Manuel Rojas forja en tan memorable pasaje llamado la herida, una alegoría que cruzará toda la literatura Chilena contemporánea indagando en la fisura que resume nuestra huerfanía y desamparo cultural. En “Los muertos también lloran” de Luis Seguel Vorpahl, la frontera y el abandono asumen otro rostro, cristalizado en kilos y kilos de sueños pospuestos y distancias que como dice la obra: “se vio abrazándola y sintiendo que jamás podría cruzarla completamente con los dos brazos como lo requería el momento”.
Daniel Rojas Pachas
Escritor, Editor de Cinosargo y Académico de la UTA.
“Los muertos también lloran”
Aún no sabemos si los muertos –en ese estado- ríen, lloran o sienten, están atentos, omnipresentes, expectantes. Lo que sí conocemos es que la extinción del proceso homeostático es inexorable. Sin embargo, el acto de morir puede ser concebido desde distintas visiones. Así, en literatura, los escritores desde las tragedias griegas hasta los autores más contemporáneos han encontrado en la muerte una gran fuente de inspiración.
Luis Seguel Vorpahl en su tercer parto literario, la novela “Los muertos también lloran” (Mago Editores 2011, 161 páginas) aborda el tema no como en fin en si mismo, sino como la consecuencia última en la existencia de los principales personajes de su historia; vidas cotidianas y comunes, unas marginales no en su esencia sino en sus circunstancias (Alejandro, Joaquín, Rosaura) algunas idílicas en nostalgias y sueños contenidos (don César, doña Beatriz) otras, juguete de la sordidez afectiva (Del Río) y la del introito, marcada por el peso de la frustración de lo que la naturaleza le mezquinó (Ernestina). Suerte de leitmotiv de la narración.
Todos de alguna manera son tocados por la guadaña de la muerte, no como un hecho de por sí impactante y concluyente, aunque doloroso en su génesis, sino como la paradoja que pone término a unas existencias que han superado la adversidad en cada caso; la marginalidad, la pobreza y la enfermedad; la desidia y la indecisión; la eros-dependencia -abruptamente cercenada por un ilícito, aunque liberador (algo como lo de Bin Laden)- la frustración, la soledad y la indolencia. Así, el relato converge en una especie de promoción que redime social y afectivamente. Los personajes son aprehendidos por las circunstancias de lo que se nos cuenta, que si bien éstas comienzan con una dura marginalidad que nos lleva -en nuestra imaginación como lectores y en el prejuicio discriminador como seres “beneficiados por la vida, políticamente correctos”- a anticipar erróneamente el derrotero de la trama, la que creemos plasmada de anti-valores como la promiscuidad, el alcoholismo, la homosexualidad desenfadada, la desadaptación social, o las carencias propias de la desigualdad y el desamparo; ello es asombrosamente revertido. Seguel Vorpahl, en una actitud tal vez contestataria frente a guiones narrativos de excesivo uso en nuestra actual literatura, análogos y recurridos y “para que la injusticia se haga más llevadera”, nos sorprende con sus personajes. Todos o casi todos, protagonistas humanizados, dignos, sensibles, decentes, apreciables; sujetos de un relato tonificador, esperanzador, hasta algo romántico, donde los valores de la más leal amistad (Alejandro-Joaquín; Ernestina-doña Beatriz), la comprensión y el perdón ante la caída y el error (Alejandro-Rosaura), el amor enhorabuena consumado (don Cesar-doña Beatriz; Joaquín-Ernestina), los actos de justicia (doña Beatriz-Las codiciosas hermanas de Ernestina) y el valerse de las buenas oportunidades (todos), ponen las cosas en su lugar y en su más justa medida, menos en las largas horas de hospital, preámbulo de la muerte que sorprende inexorable, inmanente, perfecta… llorada.
De esa manera se da como un axioma, lo que el autor consigna en la página 111 de la novela: …”Arica es la única ciudad del mundo en que una calle empieza en la puerta del hospital y termina en la puerta del cementerio, la misma calle, pocas cuadras, así que alguien nacido en la ciudad puede decir sin temor que la vida, después de todo, consiste en caminar unas cuadras…”
Eduardo Urrutia G.
La novela de Luis Seguel Vorpahl
Juan Vargas, periodista
“Los muertos también lloran” constituye otra sorpresa de Luis Seguel Vorpahl. Sorpresa porque después de algunos silencios sísmicos, nos remece con su novela llena de intimidades cotidianas de personas universales. Mínimas si se quiere, pero omnipresentes en todo alrededor y donde se pueda mirar, en las esquinas del centro, en los suburbios de veredas quebradas y calles intransitables, en los cementerios, hospitales, en mercados de abastos, frutas y verduras.
Poner los ojos en la novela del ariqueño Seguel Vorpahl, es apreciar la vida cotidiana de la humanidad, que se construye en cada segundo con gestos de grandezas y miserias, con dramas y comedias, fastidios, emociones, pequeños gestos de heroísmo y perversidades refinadas.
La virtud del novelista es que nos permite descubrir grandes historias en vidas mínimas. Y si leemos y releemos el libro “Los muertos también lloran”, surgen nuestros rostros, nuestros barrios y mercados. Nos revela de golpe la vida que tenemos. Entonces le agradecemos a Luis Seguel Vorpahl por el favor concedido.
Y lo hace con buena prosa, con talento y con el invisible don de la experiencia (y los años dirán otros menos delicados).
Y además la novela aporta identidad, y traslada esta pequeña aldea remota al mundo globalizado, y se lleva a sus personajes, y nos lleva todos. Otra vez gracias por el favor concedido.
Ya habrá más tiempo para leerla con calma, y decirle al autor que algo pudo ser mejor, que faltó ponerle un poco de sol a las mañana grises que son las menos en Arica.
Por ahora, está notificado que usted tiene una gran responsabilidad y varios desafíos que no son menores.
Responsabilidad, produzca, produzca y produzca. Desafíos, sortear las vallas más altas que van dejando sus novelas, y que las ediciones se agoten.
No olvide dejar constancia de su paso por aquí en el "Libro de Visitas"
Presentando la novela Cállate viejo e' mierda en la Feria Internacional del libro de Santiago, noviembre 2008
Luis Seguel Vorpahl






